sábado, 19 de marzo de 2011


En el día de hoy, sin querer me dí cuenta de mi papel en este mundo. Tal vez sea apresurado detallar conjeturas y razones por las cuales vivir a la escasa edad de veintitrés años. No lo sé. La verdad es que me siento conforme con este papel que, de una forma o de otra siempre me exige estirarme un poco más.

No quiero entrar en preámbulos cansadores ni pompas rebuscadas para explicarlo: mi pasión es escribir. Más allá de los cálidos confines de lo que uno puede llamar pasión o emoción; allí, en el borde de la vocación, puedo afirmar que no es solamente eso; es mi lugar en el mundo. Escribir, narrar, contar cosas.

Como Solano tiene su música y Lucas su pintura, yo tengo la palabra. Esa es mi destreza. Saber pintar con palabras como ellos con notas o acuarelas para provocar algo en alguien: un movimiento, un suspiro, una reacción. ¿No es acaso la meta de todo en esta vida? Generarle algo a alguien, dar satisfacción, “llenar el alma” como dice mi amiga Mariana.

Algunos lo hacen con películas. Otros componen sinfonías interminables que emocionan hasta las lágrimas. El arte viene del amor, y el amor al arte nace desde adentro de todos los seres humanos. Se alimentan, uno al otro como si fueran una hoguera de troncos ardientes: cuantos más hay, más grande será el fuego. El arte, sin amor al arte no es arte, jamás. Y que es del amor sino una construcción del alma, del arte interior de cada uno.

Mi arte es escribir, porque es haciéndolo cuando me siento plena. No es que no me sienta plena en otros momentos de mi vida, todo lo contrario. Sino que cuando escribo siento que puedo divagar, crear, borrar, omitir, inventar y ficcionar a mi gusto. Porque no hay límites para lo que uno puede imaginar, así como no hay límites para lo que uno puede hacer, cuando emprende con pasión. Más cuando la meta es buena, ¡que bueno es llegar!

Mi lugar en el mundo será entonces: contar con las mejores palabras posibles todas las maravillas que presencio. Para ello deberé nutrirme de numerosas maravillas, lo que no será difícil ya que vivimos en un mundo bastante maravilloso. Venido a menos, como todo, pero maravilloso al fin. ¡Cuantas cosas tengo para maravillarme aún! Tanto que no conozco, tanto que no experimenté; tantos rincones sin recorrer y recovecos para coleccionar, que a veces no se por donde empezar.

Pero cuidado, que las miserias de la vida no deben quedar afuera en ésta, mi nueva misión: contar.

Porque, si bien el mundo es maravilloso, hay muchas personas que se ocupan día a día de hacerlo menos maravilloso. Y es tarea popular, no solo de los reporteros, la de dar a conocer, exponer a esas personas: los que se valen de su posición privilegiada para cercenar sueños, censurar ideas, derramar lágrimas y privar a niños inocentes de su “infancia de cuentos” como dice Solano.

“Yo no quiero volverme tan loco” dice Charly García y yo me pregunto: ¿No será necesario, en este mundo tan estupidizado entre prensa amarillista y guerras petroleras, volverse un poco loco, como para contrarrestar un poco esa realidad podrida que nos quiere doblegar?

Conozco un grupo de cuerpos que disfrutan la locura día a día. Son mis amigos. Ellos cambian el mundo desde su humilde posición, aportando su granito de arena jornada tras jornada. Es una de las cosas que más me agrada de todos ellos. Me provoca ganas de contar sus hazañas, de narrar sus historias. Es entonces cuando mi papel en el mundo cobra importancia de nuevo, cuando puedo contar historias de personas de carne y hueso, que ponen en marcha una bola, cuya finalidad es ser útil a alguien más. Y comienzo a narrarte sus proezas, sus logros, y también sus fracasos. Porque son seres mortales, ni más ni menos que yo. Imperfectos, defectuosos, erráticos. Cada uno con una misión, vaya uno a saber cual. Si al fin y al cabo, todos buscamos a tientas en esta cruzada, con fecha de vencimiento desconocida.

Lo bueno es saber que nos tenemos unos a otros. Lo bueno es inmortalizar personajes, escenas y aromas – entre otros – con una palabra certera, justa, conmovedora.

Lo bueno es escribir. Y vivir, obviamente.

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